Política, tudosis

26 septiembre 2012

‘No todos somos iguales’ y otras frases que los políticos repiten como un mantra

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“No todos somos iguales”, es una de la frase más coreadas por los diputados. Mientras alrededor del Congreso los manifestantes del 25s sorteaban las porras y las pelotas de goma por pedir la dimisión del Gobierno, dentro, cualquiera con quien hablaras, soltaba el slogan como si se hubiesen puesto de acuerdo. Daba igual el partido al que pertenecieran, en cuanto nombrabas lo que sucedía puertas afuera, automáticamente escuchabas “Qué quede claro que no todos somos iguales”, tratando de desmarcarse así del desprestigio que padece la clase política y exigiendo que se les juzgue individualmente. “Algunos nos dejamos la piel en esto” o “Los sacrificios y la exposición pública que conlleva este trabajo, no hay manera de pagarlos”, o “en mi familia también hay personas que lo están pasado mal, en paro” eran otras de las ideas coincidentes que lanzaban como contrapancartas con las que responder a la furia y la decepción que retumbaba por la carrera de San Jerónimo.

¿Y por qué hay que detenerse a valorar a los políticos uno a uno, cuando ellos conciben a los demás como una masa a la que no conceden más identidad que la colectiva? Los votantes, los alborotadores, los perroflautas, los periodistas, los manipuladores, los manipulados… Incapaces de visualizar un solo rostro entre tanto estereotipo, sus señorías quieren que se les valore por sus actos, incluso al margen de las siglas a las que pertenecen, cuando en realidad se deben a una disciplina de partido que cercena las voces discordantes. Si los ciudadanos estuviesen satisfechos con la labor que realizan, no se quejarían del sueldo, insisto a todo aquel político con quien discuto sobre sus ingresos, lo que ellos consideran una obsesión injustamente alentada por la prensa, que a su vez responde a intereses económicos.

 

Reducir las movilizaciones a “los que están ahí fuera no son nuestros votantes”, como aseguran en el PP o a “la voz de la ciudadanía es mayor que la de quienes se manifiestan”, como aducen en el PSOE, es un síntoma de autoengaño. El camarero del bar de Atocha que impidió que los antidisturbios entrasen en el local en el que un grupo de manifestantes buscaba protección, por poner un ejemplo que se ha hecho famoso, lo ha dicho muy claro “voté a Rajoy, pero este no es el tipo de Gobierno por el que yo voté”. Tratar de minimizar el descontento a quienes se manifiestan exclusivamente, es no querer ver la realidad.

 

Lo mismo que convencerse del motivo de la brecha que les separa de los ciudadanos: “la desafección se debe a una situación coyuntural. Y en cuanto mejoren los indicadores, la gente volverá a confiar en nosotros”. Esta teoría que defienden todos en general, la sueltan hasta en IU, en cuanto preguntas si ven la manera de acercarse a la calle y recuperar el diálogo y la confianza o si en el seno del partido hay un planteamiento serio para ir cerrando heridas, resulta una gran falacia. ¿Y cuándo llegará ese día? si ellos mismos confiesan haber fracasado en dar soluciones a la crisis y se reconocen atados de pies y manos por la troika. Fiar a la salida de la crisis, la cada día más deteriorada relación con la calle, suena a ciencia ficción. ¿Qué sucederá mientras tanto?

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