Política, tudosis

07 febrero 2013

¿Por qué no estallamos?

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Cada día una sorpresa. Y todas redundan en lo mismo. La separación entre poderes públicos y sociedad civil se hace insoportable. De vez en cuando, surge un golpe de realismo que saca los colores a sus señorías, como sucedió ayer con la intervención de Ada Colau, la representante de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que realmente hizo sentirse mal a algunos diputados -otros la tacharon de loca por lo bajini- y acercó a un puñado de políticos de la Comisión de Economía a lo que se siente en la calle. Las palabras de Colau, en algunos momentos emocionadas y en otros más que irritada, recordaron a unos pocos ya entrados en edad aquella comparecencia histórica de Pilar Manjón tras los atentados del 11-M. Salvando las distancias, claro está, advierten.

 

Sin embargo, y pese a las protestas y los éxitos de la PAH, una gran parte de los ciudadanos parecen anestesiados ante el asedio económico y la corrupción política. Por eso ayer trasladamos la pregunta que escuchamos constantemente en la calle a políticos que luego estaban en esa Comisión de Economía a la que increpó Colau, y a algunos sociólogos. ¿Por qué no se ha producido todavía un estallido social? ¿Se baraja en los partidos la posibilidad de que la gente acabe explotando?

 

“Nadie piensa en esa posibilidad en el PP. El malestar social está muy desarticulado. Hay problemas tan intensos en cada sector, que al final entran en conflicto con los otros sectores sociales. Todos son conscientes de que si se logra arañar algo de dinero para educación, no se lo darán a sanidad. En términos políticos, fue mucho más sólida la protesta contra la guerra de Irak. Era una causa noble, con enemigos bien definidos, que permitió aglutinar fuerzas. Eso ahora no pasa. Además, los sindicatos, que podrían unir, están hundidos. Podría haber un estallido, pero electoralmente no se notaría”. La reflexión corresponde a uno de los hombres con más sesera del partido del Gobierno, que asistió en primera línea a las consecuencias que trajo la famosa guerra de Aznar. Se podría rebatir aduciendo que la situación no es la misma y que el cúmulo de afrentas que la población percibe debe tener un límite, o que cualquier hecho aislado puede prender la mecha. Pero no se puede negar un hecho constatable, que las protestas transcurren en paralelo, que falta un pegamento.
 

No obstante, para el sociólogo Enrique Gil Calvo “sí que ha habido un estallido social en España. No tengo más que recordar las movilizaciones de septiembre y octubre, con #rodeaelcongreso, lanzado desde las redes del 15-M. El Gobierno tuvo que blindar el Congreso de los Diputados y trató de criminalizar el movimiento”. Por no hablar “del éxito que han tenido movimientos como la Plataforma contra los Desahucios, que han impedido 500 desahucios. El año pasado fue el de mayor movilización social de las dos últimas décadas” añade el profesor de la Universidad Complutense, que tiene los datos muy frescos, puesto que está terminando su trabajo para el Anuario del Conflicto Social que cada año publica la Universidad de Barcelona.

 

 

Quizá el matiz más importante es que cuando hablamos de estallido social estamos pensando en la violencia en la calle, pero “esto no es Grecia y no hay grupos terroristas, como allí. Primero, porque aquí el grueso de la crisis lo han pagado los inmigrantes, la parte más débil de la sociedad, incapaz de organizarse por redes sociales y sin capacidad de protesta. Los llamados sin papeles son los paganos, y luego los inmigrantes legales, sin mucha capacidad de organizarse. En la capa superior esta la clase obrera nacional, que aún aguanta y está soportada por la familia. Y los que más se organizan y protestan son los mileuristas, los jóvenes sin futuro que participaron en el 15-M. Hacen huelgas y manifestaciones. Son los mejor formados y educados. No hay más que recordar durante el 15-M en Sol, cómo apostaban por la protesta pacífica”, asegura Gil Calvo.

 

 

Esa apuesta por la protesta pacífica -y la increpación verbal como mucho- fue la que hizo ayer Colau a sus señorías, cuando tras llamar “criminal” al representante de la AEB que defendía la actual ley Hipotecaria, se dirigó a los políticos para advertirles de que “no realizaremos acciones violentas, pero no vamos a tolerar la impunidad que arruina vidas”. Algunos de los presentes se sintieron “amenazados” y el presidente de la Comisión, Santiago Lanzuela, la recriminó por sus palabras. Pero la amenaza que siente una parte de los diputados se diluye como azucarillos en agua en segundos. Lo que tardan en volver a su burbuja.

 

Una de la razones que algunos políticos manejan para explicarse por qué aun los españoles no nos hemos tirado en masa a las calles, obligándoles a reformar las instituciones que tan poca confianza generan, es la responsabilidad del pueblo. “La gente está muy indignada y eso se va a traducir en una mayor contestación pidiendo cambios. Pero creo en la responsabilidad de esas personas que saben que si no existiesen las instituciones, la democracia desaparecería. Se intensificarán las demandas, pero hasta el punto de un estallido social, no lo veo”. Pedro Saura, uno de los puntales económicos del PSOE, todavía confía en la paciencia colectiva. Al menos, hasta que se agote. Su compañera de filas, Carme Chacón, tiene una percepción diferente: “O esto se resuelve bien, o la situación va a terminar estallando. La marea blanca nos ha dado una lección. Se necesitan urgentemente listas abiertas y emprender reformas de calado”.
 

Otro sociólogo, Fernando Vallespín, de la Universidad Autónoma, coincide con Gil Calvo en desmentir la sensación de que aquí no hay estallido social. “Sí que hay movilizaciones, pero no al estilo de lo que tradicionalmente entendemos por estallido social, como el de Egipto o los países árabes. Quizá lo que hay que revisar es el concepto que tenemos de estallido social a la vieja usanza. Ahora, en pleno siglo XXI, se protesta de otra forma, se encauzan las cosas de manera diferente. Pero además, no hay un único sujeto, una movilización dirigida a provocar ese estallido, entre otras cosas porque no sería fácil manipularlo”.

 

Precisamente el manejo o la manipulación por parte de organizaciones sociales como partidos o sindicatos es algo que destaca Gil Calvo. “En las protestas que ha habido y hay, si por ejemplo se presenta el PSOE, es rechazado. E incluso Izquierda Unida es pitada”. El sociólogo, además, no comparte la apreciación de algunos políticos que hemos consultado, en el sentido de que los intereses creados enfrentan a los diferentes estamentos sociales: “En el 11-S, en la Diada de Barcelona, convocada bajo el sentimiento independentista, había mucho más que soberanistas. Allí confluyeron todo tipo de protestas de los diferentes cuerpos sociales; lo mismo que en la Huelga General de noviembre, que por la mañana fue un fracaso, pero por la tarde se manifestaron juntos tanto los de la enseñanza, como la sanidad, pensionistas o mileuristas. Por tanto aquí a veces sí que hay manifestaciones integradas”.

 

Gil Calvo remata la charla con una apreciación que experimentamos cada día en el pasillo del Parlamento. “Es la desconexión que cada vez es mayor entre la gente joven y la calle frente a los partidos políticos. Y también frente a los sindicatos. La periodista Sol Gallego ha escrito mucho sobre ello y queda claro en las teorías de las “élites extractivas” de Acemoglu y Robinson“.

 

 

Sus palabras se constatan hablando, por ejemplo, con el diputado Vicente Martínez Pujalte, que dice: “Entiendo que haya descontento pero creo que la agitación social es minoritaria, aunque parezca grande, y tiene un cierto componente de frustración política del PSOE y de IU”. Ya le gustaría a la oposición, con síntomas de muerte cerebral desde hace un año, tener ese poder de movilización que le achaca el PP. A Sánchez Llibre, de CiU, algo le huele ya a chamusquina. “Como en la clase política no seamos conscientes de la grave situación en la que el deterioro económico y la corrupción forman un cóctel explosivo, y tomemos decisiones drásticas, claro que puede desencadenarse un estallido social. Y no estoy hablando de un pin-pan-pun. Tenemos que sentarnos todos los partidos y establecer acuerdos profundos. Nosotros estamos dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para recuperar la credibilidad”.
El profesor Gil Calvo resume las tres diferencias con respecto a los griegos: los inmigrantes más desfavorecidos como paganos de la crisis, una juventud más formada y pacífica y Syriza, el partido de la Coalición de la Izquierda Radical griega, que a diferencia de lo que ha sucedido en España, allí sí que ha logra atraer a una parte de los jóvenes y los descontentos”.

Todos los políticos aquí citados escucharon ayer a Ada Colau. Forman parte de esa Comisión a que ella vapuleó. Pero de momento, en cuatro años, nadie ha logrado que de la PAH o el 15-M salga el germen para un Syriza español. Quizá si sus señorías anoche, de regreso a casa, pensaran que Colau, además de ser una mujer cabreada y exaltada, representa a la calle y anímicamente incluso más que a ellos, el abismo entre política y sociedad civil se aproximaría para evitar males mayores.

Quizá. Sólo quizá.

 

Artículo publicado en El Huffington Post

 

 

9 Comentarios

Comentarios

9 Comentarios

  1. Shubham dice:

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